Vuelvo a inspirar una fuerte bocanada de aire, fresco y puro, con un ligero sabor a hierba fresca. Son las 9 de la mañana, de un cálido despertar veraniego. La moto baja las curvas del puerto a toda velocidad, y los mechones de mi pelo rizado y despeinado golpetean por debajo del casco mi espalda desnuda. La noche había sido tranquila, unas pocas personas mirando las estrellas y riendo sin motivo. Mi corazón se acelera en cada curva, mis pequeñas manos aprietan la suave camisa de él buscando algún punto de apoyo. El aire huele todo a él, que concentrado en la conducción de su vespa amarilla, no se da cuenta de que le observo sin cesar todo el cuerpo, la nuca, las piernas, lo brazos, los hombros. Subo el cristal del casco y el aire llega con más fuerza. Abrazo con calor al conductor y él corresponde con un pequeño movimiento de los hombros. Cierro los ojos y todo se acentúa, cada sensación, cada curva, cada pequeño frenazo, la sensación de velocidad es más elevada. Al volver a abrir los ojos, con la cabeza apoyada en su hombro derecho, veo pasar bajos mis pies las rayas de la carretera, ya muy defectuosa. “Ojalá este momento no acabe nunca, qué momento más placentero, qué amor, qué paz, qué deseo”.
Pero la bajada acaba, el campo acaba, el calor bochornoso del verano continúa, el trabajo en la cafetería, las miradas descaradas, la falta de amor, de sexo. Cada uno hace lo que puede, mejor disfrutar del momento, disfrutar de esas bajadas, mejor aprovechar que se tienen tantas personas alrededor, tantas personas que saben amarte.
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